UNA PROPUESTA HUMANA DE EDUCACIÓN INTEGRAL

Papal Palace Avignon / Signac / 1900

Propuesta humana, sí, porque la humanidad es anterior a la educación. Abordo este proyecto con la experiencia de toda una vida, la mía, entendiendo por educación un sistema, pero también con la humildad de quien ha disfrutado del aula, de las clases y de la comunidad del centro escolar.

Desde esos dos pilares, experiencia y humildad, expresaré algunas ideas básicas que perfilen mi propuesta no sobre un sistema educativo, sino sobre una educación integral, porque si solo hablo de sistema educativo estaría hablando de un horario, de unas notas, de unas evaluaciones, de un modelo no de aprendizaje, sino de ejecución de un proceso evaluador, sin más

Qué es la educación

En mi opinión, educación es el conjunto de cimientos que es capaz desarrollar nuestras capacidades y talentos en una convivencia amable con el entorno y los demás. Esos cimientos se adquieren, se reconstruyen y se regeneran a lo largo de la vida. Introduzco aquí, una idea novedosa, probablemente: la educación vive con nuestras vidas, desde que nacemos hasta que morimos, porque una casa necesita construirse, y arreglos, pero también hay mudanzas, traslados…y eso puede darse hasta el fin de nuestra existencia en esta vida. Educar es enseñar y aprender…dos palabras comunes y sencillas pero muy complejas para una sociedad o una especie que ha podido conocer el bienestar -ficticio, pero ha creído conocerlo-, pero no el “bien ser” eso es otra cosa.

En qué consiste la educación integral

Ahora nos proponemos dar algunas ideas sobre cómo construir esa educación integradora, que aglutine el tiempo y el espacio de cada individuo, su existencia, su realidad, pero también su evolución.

La educación integral tiene más que ver con la sabiduría que con la instrucción actual. Se trata de entender que el niño viene a este mundo con una mochila de capacidades, talentos y también dificultades y circunstancias. Y que el niño va a estar contenido en el joven, y ambos en el hombre maduro, y, finalmente, todos estarán en el anciano. Así, lo de “integradora” viene a ser esa mochila formada por cuatro aspectos fundamentales del ser humano: intelectual, físico, emocional y espiritual.

Desde estas cuatro columnas cimentadoras el ser humano será el quinto elemento, la luz, que iluminará con su vida y su crecimiento personal a todos aquellos y a todo con el que entre en contacto. Del mismo modo, el conjunto de individuos, cada uno con su luz interior, podrán latir como universo colectivo…para esto recuerdo a Paul Signac, el pintor, seguidor del puntillismo, cuyas obras son interpretadas cuando se toma cierta distancia del cuadro, y observamos una figura, un jardín, o una escena de campo…pero si acercamos la mirada no vemos nada definido excepto un conjunto infinito de puntos.

Un alumno/a al que le falta desarrollar su emocionalidad tiene problemas de sociabilidad y de relación con los profesores, con sus propias emociones – por ejemplo, la frustración ante algo que no ha salido como esperaba-; un alumno que carece de desarrollo intelectual tendrá problemas para centrarse en cuestiones y problemas abstractos en los que tenga que resolver o proponer cuestiones complejas; sin embargo, un alumno con problemas en su relación con lo material, puede tener dificultades en atender a su cuerpo, comprenderlo y cuidarlo, así como cuidar la naturaleza, o manejarse con cuestiones terrenales como la contabilidad de la casa o la empresa, o el devenir de las actividades diarias y, finalmente, la dificultad en el desarrollo espiritual provoca una desorientación interna del alumno, de la cual él no suele ser consciente pero que está íntimamente ligado con la toma de decisiones importantes, o el entendimiento de un panorama general de la Humanidad y no solo de su vida, de manera aislada del resto.

La situación actual

El primer obstáculo de la estructura actual es el hecho de que el Estado se ha erigido en educador social por encima, prácticamente de la familia. Mientras que eso sea así todo el modelo integrador se ve bloqueado, puesto que en la actualidad el sistema estatal actual define qué está bien y qué está mal, qué es familiar y qué no, el horario de trabajo y, por tanto, el horario de los niños en la escuela, el salario, los objetivos educativos y sobre todo, qué es aquello que aprenderemos y qué es aquello que enseñaremos.

Heredamos una educación basada en la producción de granja, iniciada en los modelos de trabajo de la Revolución Industrial, y que, a su vez, fue depositaria de la estructura estamental de las edades Moderna y Media. ¿Qué significa esto? Que aprendemos aquello que, según los ejecutores de una sociedad basada en la producción, es fundamental para sostener la sociedad que han creado.

Considero que es necesario perfilar qué es importante aprender y qué es importante enseñar, sabiendo que ambas cosas son caras de la misma moneda, y van a dibujar un nuevo modelo de sociedad, es decir, un nuevo ser humano.

En la educación el juego de polaridades entre la tradición y la innovación es la base que permite la regeneración constante, como si se tratara de un organismo vivo. Y es que cuando pensamos en el ser humano, podemos entender que tanto el pasado como el futuro son inherentes al presente. Hay experiencias del pasado que pueden ser válidas, porque extrajeron lo mejor del ser humano y, del mismo modo, observamos que estar abiertos a aquello que desarrolle nuestras capacidades y mejore nuestra convivencia ha de ser bienvenido. A veces, tenemos que probarnos, para testar, valorar y, si funciona, asentar en un modelo.

Otra cuestión importante en la educación integral es entender que el ser humano tiene un proceso en el mundo y para ello toda la comunidad es importante que dé el papel que merece la crianza de los niños. Esto significa que atender a un hijo no es solo dedicar tiempo, sino también energía, y por ello, es bueno que el grupo comunal colabore para que los primeros años de vida los niños gocen de la compañía de la madre, el padre, los hermanos, la familia nuclear, en definitiva. Numerosos estudios y la experiencia vital nos indican el valor prioritario que tiene para el ser humano ese primer contacto relacional de los primeros años. No tiene sentido meter al niño en una escuela a los cuatro meses de vida, y que esté de 9 a 5 de la tarde alejado de su madre, y del resto de su familia. Ya sabemos que esto es contraproducente, aunque se trate de justificar con el valor de la sociabilización. Los niños que crecen con la seguridad de estar cerca de la madre en su primer año y de su familia en los 7 primeros años son niños seguros, pacientes y sensibles a su relación con el entorno. Por tanto, tendríamos que establecer nuevos modelos que permitan que los padres atiendan a sus hijos sin la ansiedad de tener que desprenderse de este contacto con los pequeños por tener que subsistir. Si la subsistencia está equilibrada los niños pueden crecer en familias con padres que sienten que tienen tiempo y energía para atender a los pequeños.

A partir de una edad de niño, sobre los 7 u 8 años, es interesante que se puedan aprender “herramientas para la vida” como la construcción de algo en grupo, los primeros contactos con la naturaleza, o el comienzo de destrezas como la lectura y la escritura, o la iniciación en un instrumento musical. En esta etapa sería muy importante la observación de los padres, los abuelos, los hermanos, y los maestros, para decidir qué talentos se observan en cada niño y cuáles conviene potenciar. Hay demasiados intermediarios en la educación de un niño, y considero que lo local, lo tradicional, en definitiva, lo original es aquello que tiene que primar en la infancia.

Una vez que los niños llegan a la pubertad es cuando se debe atender a un cambio de etapa. Mientras la conciencia aflora, el niño comienza a ser adolescente y su cuerpo se transforma. Es en este período en el que los maestros pueden ser especialistas, y los aprendizajes no tienen tanto que ver con valores de convivencia y humanidad – los que fundamentarían la etapa anterior-, sino con conocimientos más abstractos y teóricos, como las matemáticas, la biología, el lenguaje o la historia.

Es necesario especializarse? ¿Por qué un ser humano ha de elegir a una edad qué tipo de elemento será en una granja de producción? Se trata de romper con esta idea alienante, que impide al individuo ser Humano.

Ciertamente, tenemos talentos y vocaciones y es conveniente integrar aquí algo fundamental en la educación: el conocimiento de uno mismo. En ningún modelo educativo – tal vez en la antigüedad, en las culturas anteriores al Imperio Romano sí se dio- se ha tenido esto en cuenta, pero debería ser uno de los pilares de la educación integral. El niño que aprende a conocerse se transforma en un adulto amable, capaz de amarse a sí mismo y, por ende, a los demás. Solo de esa manera la confianza en el grupo será lugar de descanso para el individuo que ha de tomar decisiones.

Finalmente, una vez que el adolescente comprende sus talentos, con la guía de familia, maestros y compañeros, puede comenzar a desarrollar un camino iniciático que le lleve a entender qué labores puede realizar en la comunidad, de manera que sea feliz porque le guste o le apasione lo que hace y porque pueda ayudar a los demás. Desde ahí, el iniciado adolescente ha de ser también aceptado por aquel que pueda enseñarle el camino, es decir, un médico es el que debe enseñar a los futuros médicos, así como aquel que puede ser carpintero ha de ser instruido por un carpintero experimentado en las labores con la madera.

En la edad adulta seguimos aprendiendo, la cosa no acaba en una profesionalización. Entiendo que podemos aprender siempre y cuando el que enseña nos acepte porque entienda que es viable el proceso de aprendizaje-enseñanza. Y es que no somos robots, ni las necesidades nos surgen a todos en cualquier momento. Es así que podemos encontrar un acto de colaboración con la comunidad el “enseñar a otros”. Puede que lo que yo sé hoy tú quieras aprenderlo dentro de diez años, ¿por qué no voy a aceptar el regalo de ayudarte a aprender? Con 30, 40, 50 o 70 años podemos aprender muchas cosas, nuestras ganas de conocer y de relacionarnos con el mundo pueden facilitar el “seguir relacionándonos con los demás” desde otros aspectos que no son simplemente laborales. Incluso una educación que permita un aprendizaje continuo puede facilitar la relación con personas de diferentes edades o reencontrarnos con nuestros compañeros de juegos.

Para resumir, entendemos que la vida es un camino de enseñanza en el que a veces somos nosotros los que aprendemos y otras veces los que enseñamos.

El uso de las tecnologías requiere un apartado especial, ya que actualmente la educación se encuentra al servicio de las mismas. Lo que considero un error, ya que el uso continuado de tablets, ipads, móviles y ordenadores, sin mayor fin que el mantener al individuo enganchado a un dispositivo solo consigue mermar sus capacidades intelectuales y relacionales. Sin embargo, si hablamos de una tecnología positiva y bien utilizada, podemos mejorar el crecimiento personal de cada individuo y la relación entre la naturaleza y el hombre. Me refiero a la tecnología asociada al conocimiento de nuestra mente, como el desarrollo de capacidades intuitivas, lingüísticas o médicas. La capacidad de autosanación del ser humano requiere de una tecnología que tenemos que manejar, así como el conocimiento de terapias alternativas. También, un uso adecuado de las energías renovables a través de una tecnología coherente podría ser bien recibida y bien valorada. Así, la tecnología podría asociarse a un desarrollo del hombre, no a un desarrollo de la máquina.

Finalmente, otra cuestión importante es la importancia del acompañamiento de la educación con los “tiempos de la vida”. Hemos olvidado que los niños y los adolescentes deben conocer el mundo a través de vivencias y no de datos en un papel o una pantalla.

En las ciudades los niños no saben qué es una vaca, la imaginan y la dibujan pero realmente, ¿cuándo ven una, la han olido? y no solo en las ciudades, pero sí fundamentalmente, es donde hemos perdido la conexión con los ciclos de la naturaleza (cosechas, vendimias, tormentas de verano, el duro invierno…). Evitamos el frío y el calor, no sabemos cómo vienen los alimentos a nuestra mesa, ni de qué materiales se hacen nuestras ropas, o qué utensilios son importantes para cada estación del año. Y algo muy importante: en la infancia y adolescencia es donde debemos aprender valores humanos, y eso se hace en grupo, por ejemplo, en la construcción de una casa, participando en tareas de la familia, o divirtiéndonos en actividades naturales que requieran elaboración grupal. ¿Qué hay de las canciones populares? No es tan importante la canción como objeto sino lo que supone cantar en grupo, en comunidad, como acto del sujeto, del individuo que comparte a través de la música, el canto y el baile la sabiduría popular de su pueblo, de su entorno.

La figura del maestro

Considero de especial relevancia este apartado. ¿Quién es el maestro en la educación? Si observamos el modelo que ofrecemos en nuestra propuesta el maestro es un guía que acompaña, supervisa, observa y también aprende. Los maestros van incorporándose y turnándose en la vida del individuo. Si en la infancia los maestros son los padres y hermanos, después se unirán los familiares más cercanos, para seguir en la niñez con los primeros maestros de escuela, que junto con los amigos ayudarán a establecer una conciencia de la existencia. Una vez que el individuo, al decidir sobre qué caminos escoger, toma como maestro a aquel que le toma, a su vez, como discípulo, el vínculo entre ambos se transforma en un pacto vital. El maestro sabrá acompañar al individuo en los cuatro pilares fundamentales de la vida: física, emocional, intelectual y espiritual.

Evidentemente, todo lleva un proceso y unos períodos que vendrán marcados por pruebas necesarias que el maestro sabrá evaluar y establecer.

Pero la figura del maestro que acompaña al grupo en el aprendizaje de escuela, evidentemente, ha de ser una persona muy curtida en su propio crecimiento personal, por tanto, no vale cualquiera para este trabajo, ni tan siquiera cualquiera que quiera. El verdadero maestro se enfrenta a un acompañamiento en grupo y sentir en su interior la vocación y el talento para ser guía. Debe saber conocer a los niños, a los adolescentes, debe aprender de sus errores y ayudar con sensibilidad, respeto, cariño y serenidad. El buen maestro dice a veces no y a veces sí, sabe cuándo retirarse para que el alumno dude y encuentre el camino por sí mismo, y cuándo aparecer y mostrarse. Es un trabajo muy hermoso y muy importante en la comunidad, porque de él se desplegarán el resto de las labores que cada uno aporte al grupo, pero también fomentará los valores que la familia asentó en la infancia y mostrará la responsabilidad y el amor que requiere ser libre, porque se es humano.

Cristina Migallón ©

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